domingo

Los Perdedores.


La victoria es por naturaleza insolente y arrogante
Marco Tulio Cicerón.
La velocidad del Volkswagen del año 97 aumentaba conforme aumentaba el calor del asiento trasero. Arturo Lebrún intentaba besar y acariciar a Maira mientras su hermano manejaba rumbo al centro santiaguino, esquivando a extrema velocidad los tantos autos que aprovechaban la salida nocturna del fin de semana capitalino.
Un frenazo fuerte puso punto final a la indiscreción de los amantes, Martín miró a la pareja por el espejo retrovisor, sin emitir siquiera un ruido, cual espectador incógnito que se asoma a un mundo de intimidad que le debiera estar vedado, Maira se percató de la imperceptible mirada y se enderezó en el asiento trasero alisando su pollera mientras apartaba, de un empujón, la mano de Arturo que intentaba recorrer sus piernas e internarse en su falda.
– Esta bien, nena – le dijo al oído sonriendo – Calma.
– Cálmate tú – exigió ella incómoda y sonrojada, aún sentía sobre su rostro la mirada del conductor.
– ¡Vamos! – la increpó Arturo con una mirada maliciosa.
– ¡Lo digo en serio! – le advirtió Maira subiendo el tono. La mano de Arturo cedió blanda, pero su brazo permaneció indolente sobre sus hombros, su sonrisa no desapareció de sus finos labios.
– Todavía no me siento bien con esto de que me traigan hasta aquí – le dijo Maira a Martín, percatándose de la reducción de velocidad y de la proximidad de la llegada.
– Ya verás que te divertirás – respondió Arturo al comentario ajeno – Este lugar es mucho mejor que la barraca a la que te llevamos la última vez.
El Volkswagen finalmente detuvo el motor y Martín sin emitir ninguna palabra comenzó a descender del automóvil. Maira se deshizo del brazo de Arturo y saliendo ella también del vehículo miró a Martín Lebrún directo a los ojos, temerosa. Odiaba verlo luchar.
– Verás nena – dijo Arturo rompiendo aquella estrecha tensión que se había instalado entre los ojos castaños de Martín y los pozos verdes de Maira– tenías que venir, no te podías perder el gran clásico de hoy: Lebrún versus Scharaffia – anunció levantando la mano derecha de su hermano quien ni siquiera prestó atención al gesto, seguía inmerso en los ojos de la amante prohibida, de la mujer de su hermano – ¡las apuestas están que arden! - continuó Arturo ajeno a la complicidad de sus acompañantes.
– Sigue sin gustarme la violencia excesiva, no entiendo el gusto de los hombres por los combos. – afirmó Maira cruzando los brazos sobre su regazo, deteniéndose en la ahora vista perdida y taciturna de Martín.
– Son más que sólo combos nena. – bufó Arturo tomando de la cintura a la chica y comenzando a caminar – Es lucha. Es combate. Es victoria.
*****
Los hermanos caminaron seguros hasta un edificio que se encontraba al borde de la demolición. Su aspecto gris y desolado intimidaba, estaba desocupado y rodeado de advertencias, ningún movimiento era perceptible desde afuera, ningún sonido era conocido, excepto el de los autos que aullaban ignorantes en la fría noche.
Con una llamada telefónica acudió hasta la entrada un hombre bajo y delgado, con la piel pegada a los huesos y que expelía un fuerte olor a tabaco.
– Pensábamos que se habían acobardado – soltó el tipo con un extraño dejo de ironía a modo de saludo, abrazó a Arturo cual viejo compañero de juergas y apenas si dirigió un apretón de manos a Martín, cualquiera se hubiese dado cuenta que le tenía un profundo respeto, matizado con un indudable miedo. Miró descaradamente a Maira, analizándola, pesándola, saboréandola, ella se retorció incómoda ante la mirada escrutadora de un viejo que le producía náuseas.
Entraron al hall del edificio y apreciaron su desnudez, no había luz alguna y les costó acostumbrarse a la oscuridad, mas el hombre – conocido como Chacón – no vaciló en ninguno de sus pasos, como si perteneciese a ese mundo oscuro, como si fuese un habitante más de aquellas entrañas. Comenzaron a escuchar un ruido confuso que Maira no fue capaz de descifrar.
– Lebrún, tú puedes pasar a ese departamento, hay luz y podrás cambiarte – indicó Chacón señalando la puerta del 12, Martín se limitó a asentir y pronto de deshizo en la oscuridad.
Maira tembló, no le gustaba el lugar y tampoco estaba segura si aquél hombre era de fiar, no comprendió cómo Martín simplemente obedeció, sin dudar, sin que sus pies o su raciocinio vacilaran; instintivamente quiso seguirlo y desprendiéndose del brazo de Arturo avanzó unos pasos hacia el lugar donde Martín se había unido al desconcierto.
– No preciosa, tú vienes conmigo – indicó posesivamente Arturo arrastrándola por la cintura, siguiendo los pasos del viejo.
Avanzaron aún en la oscuridad, se internaron por las escaleras y bajaron a lo que parecía ser un subterráneo, uno de esos medios pisos que tienen los edificios viejos con apenas unas ventanillas diminutas y altas como escape hacia la calle. El sonido extraño se incrementaba conforme se acercaban al que parecía ser su destino final, era un murmullo incesante, quizás algo de música mitigada, algo así como una colmena de abejas enmarañadas, bulliciosas y sedientas, sobretodo sedientas.
Chacón tomó la manilla de la puerta oscura y Maira se estremeció, presentía que aquel umbral era una división de mundos y aún no estaba segura de su disposición a internarse en cualquier lugar que Chacón reconociese como suyo. Cuando el hombre abrió la puerta que dividía a las escaleras del subterráneo, un mundo oculto y gris asomó ante sus ojos. Un mundo irreal que Maira jamás concibió en un edificio que parecía muerto. Ahora el edificio latía, bullaba de vida y su pecho se hinchaba ante el secreto que por fin develaba.
Varios hombres del bajo mundo aparecieron a sus ojos. El lugar estaba tenuemente iluminado con unas improvisadas lamparillas, una nube de tabaco provocada por el encierro les nubló la visión y los hizo toser; sonaba una música irreconocible, pero era prácticamente enmudecida por las conversaciones y murmullos de todos quienes se paseaban y conversaban entre sí. Un ring hecho con cuerdas viejas y palos con cemento como soporte dominaba el lugar, como soberano de una multitud que lo alababa y le dejaba lugar, la abeja reina de la colmena, con un séquito de adoradores que le rendían pleitesía y babeaban a sus pies.
Había docenas de hombres fumando y bebiendo, algunos vestidos elegantemente otros con pinta de matones; había pocas mujeres, presumiblemente tan sólo acompañantes de diversión por sus estrafalarias vestimentas. El espacio se disminuía y colapsaba, el aire era asfixiante, demasiado fastuoso y patético, demasiado ajeno al Santiago cotidiano. El subterráneo, aquel mundo oculto, de pronto parecía una jaula con los barrotes cerrados, una cámara de tortura, un circo ambulante, un encierro agobiante. El bajo mundo de aquellos que pagan por las peleas ilegales, aquellos que se divierten a costa de los golpes ajenos, aquellos que no luchan sino que ven luchar cómodamente desde sus puestos, un combate clandestino, ilegal, donde las reglas y las normas se quiebran en los puños de los jugadores, donde la sangre estampada en el suelo es el testigo ardiente y aún cálido del barbárico acto animal de golpear.
– Estupendo lugar el que te conseguiste – comentó alegremente Arturo de pronto integrándose totalmente al paisaje, Maira se limitó a callar y a observar anonadada el nuevo mundo que ignoraba estaba bajo sus pies.
– Contactos amigo... contactos – respondió orgulloso Chacón, una raza que ahora calzaba perfecto con el paisaje.
Arturo de pronto fue recibido como uno más, como un habitante común, miembro de aquella sociedad secreta. Los abrazos y las manos estrechadas iban y volvían. Risas, aire sofocado, criminales disimulados y de pronto, Arturo ya no es un observador, sino uno de ellos.
Y las apuestas comienzan. Todos se acercan al menor de los Lebrún, los billetes le son extendidos como a una prostituta, los gritos lo agobian y lo colman, lo ensordecen, pero le alegran. Un nuevo negocio, una nueva victoria, dinero en sus bolsillos, vil y exquisito dinero.
Maira se hace a un lado, sorprendida por este mundillo oculto que se niega a desaparecer, por esa bandada de buitres que gozan con golpes ajenos, que con su dinero pagan por ver la lucha ¿qué misterio se esconde tras un golpe?, ¿qué interés oculto se camufla bajo cada puñetazo?. Observa a los habitantes de aquél extraño Santiago céntrico nocturno, ¿dónde se esconden por las mañanas? Hombres mafiosos, prostitutas colmadas en oro falso, pequeños hombres con caras arrugadas, hombres tatuados, hombres mancillados. Hombres y diversión a costa de la derrota ajena, hombres sedientos de sangre y destrucción, hombres tan acabados en sí mismos que buscan su reflejo en luchadores anónimos. Hombre y miseria.
No entendía cómo los Lebrún habían ido a parar a aquél lugar oculto y degradante, menos aún cómo ella misma había acabado allí. Era la pareja de Arturo hacía ya unos buenos meses, pero había accedido acompañarlo a la lucha tan sólo en tres ocasiones, la primera sintió tantas náuseas que enfermó y tuvo que salir del lugar, la segunda fue cuando conoció a Martín, el hermano luchador de Jack. La lucha había sido en una barraca alejada de la ciudad, Martín había perdido. La tercera, ésta, donde todo podía pasar.
El mundo gris aulló cuando Martín Lebrún y Luca Scharaffia entraron al lugar. Todos se agolparon a saludarlos, a darles vítores y a palmearlos para infundirles suerte y ánimos. Martín venía, como siempre, taciturno, ajeno al panorama barbárico, brillando insólitamente entre la multitud, con sus puños sólo enfundados en vendas blancas, con el torso desnudo y pantalones cortos. Scharaffia era uno más del lugar, un habitante de lo oculto, alto, imponente, ancho de espaldas y con la cabeza rasurada, gritando y arengando a sus seguidores que estallaban ante cualquier gesto del gigante.
Arturo se abrió paso entre la multitud. Maira también se acercó sigilosamente.
– Tú sabes lo que tienes que hacer hoy – le susurró Arturo a Martín en tono amenazante, dándole unos golpes en la espalda. El luchador no pareció prestarle atención, ni siquiera posó sus ojos oscuros sobre su hermano, seguía tan silencioso como siempre, con su porte altivo, misterioso, con su mirada sombría y la mandíbula apretada.
Maira se abrió paso entre los que intentaban acercarse al luchador y jadeando llegó frente a Martín. Lo miró a los ojos y no supo qué decirle, en su mirada verde se trasmitía un temor indescifrable. Martín posó en ella sus ojos castaños, ninguna expresión legible pasó por ellos, apenas si se detuvo unos momentos que a Maira le parecieron eternos, luego continuó su marcha ante el improvisado ring.
La multitud se agolpó frente al cuadrilátero de cuerdas, manteniendo una prudencial distancia, un gesto que parecía ridículamente civilizado y fuera de lugar. Los contendores estuvieron frente a frente y Maira sopesó su figura, Scharaffia parecía un tipo rudo, gritaba y exaltaba a sus seguidores, levantaba sus brazos y hacía pretensión de sus músculos. Martín se limitaba a mirar con vehemencia a aquellos hombres que coreaban su nombre, es indiferente, es orgulloso, su mirada es arrogante.
Chacón se impuso frente a los gritos de la multitud, presentó a los luchadores, y animó al público. Enunció las reglas: sólo puños y todo se vale excepto la muerte. En el momento de mayor expectación comenzó la cuenta regresiva, mirando fijo a los luchadores que calentaban en sus puestos y que ardían en éxtasis. Tres. Dos. Uno. La pelea comienza con un grito ahogado por los vítores de la multitud hambrienta de lucha.
Golpes.
Miedo.
Victoria.
Derrota.
Los puños inician un baile desenfrenado, se encuentran y se alejan como amantes clandestinos, chocan, se colapsan y se clavan. Martín da un golpe certero en el estómago, Scharaffia esquiva uno y luego golpea fuertemente en el rostro, obligando a Lebrún a voltear la cara. Ambos luchadores jadean y se observan como presas, sus ojos estallan, escupen ira y fuego.
Arturo, pero no se estremece ni vacila con los golpes recibidos por Martín, sus ojos brillan, sus bolsillos están llenos de dinero ajeno, de dinero apostado por la victoria de su hermano, de dinero ilegal… porque él sabe que Martín no vencerá, él sabe que el destino de Martín es ser un perdedor. Maira en cambio tiembla sin poderse contener, ajena a la expectación de la muchedumbre enardecida. Observa desde lejos todo, y todo parece demasiado irreal, demasiado bestial para ser humano, demasiado irracional para provenir de un ser supuestamente provisto de razón. Un golpe particularmente duro le llega a Martín en el pecho quitándole el aire vital. Golpe, golpe y cada vez la tensión sube, los espectadores gritan y agitan dinero en sus narices.
Martín pierde la respiración, sus pulmones son vencidos con un puño que estalla en su pecho, vaciándolo. Mira a su contrincante, la furia arde en su rostro, pero Martín sabe que es miedo lo que se esconde tras esa coraza que pretende ser fuerte. El silencioso luchador se levanta una vez más y sin dar tregua estampa un golpe certero que hace caer de rodillas al contrincante.
Arturo mira nervioso y pétreo la situación, busca con desesperación la mirada de Martín, aquellos ojos castaños que pueden arruinar el negocio perfecto. El contacto llega y ahora Arturo tiembla, ahora él es quien recibe golpes que vacían su oxígeno necesario para vivir: dinero. El menor de los Lebrún imprime en su mirada la evidencia de la derrota, mira con ojos asustados la situación, ojos cobardes, ojos codiciosos, ojos comprados.
Scharaffia se levanta con renovada fuerza. Martín se mantiene de pie, esperando el golpe final, Arturo tiene razón y ya está cansado, ya no es divertido. Y aquel golpe llega, un golpe desde las entrañas del luchador, un golpe de lleno en el estómago que le revuelve el mundo, que lo ahoga y lo sofoca, que lo lleva al suelo de rodillas al destino. Y acaba, Scharaffia ha vencido, Lebrún es el perdedor.
La multitud estalla en vítores, los perdedores bufan consternados, el mundo oculto y gris se revela como un monstruo vivo y sediento de lucha. Santiago arde, Santiago suda, se quema, late.
Maira fue quizás la única que se quedó congelada. Paralizada observando a Martín arrodillado, recuperando poco a poco el aire arrebatado de forma violenta. Y no le importa en gentío, no le importa el matón de Scharaffia, no le importa que el resto grite y que el vencedor levante los brazos exigiendo reconocimiento, no le importa Arturo, en este momento sólo existe Martín. Martín y la derrota.
El perdedor se detiene en su expresión cansada, la sangre se mezcla con el sudor, los jadeos se mezclan con el aire vital. Cierra sus ojos y de pronto parece que llorara, parece que el agua que corre por su cara no es sudor sino lágrimas, pareciera que rompe en llanto, pero... no es llanto. ¿Es risa?. No. No puede ser risa. Martín no se puede reír frente al destino que acaba de torcerle la mano, no se puede reír si está de rodillas vencido, derrotado, aplastado por los golpes furiosos del vencedor.
El perdedor levanta sus ojos, nadie se fija en él y sin tapujo alguno, ahogando su voz entre la multitud, ríe. Definitivamente ríe.
Maira sale de su estupor y llega de pronto a su lado, lo envuelve con sus brazos sin importar el sudor y la sangre.
– ¿Estás bien? – pregunta temerosa. Él no responde, tiene la sonrisa y los ojos fijos en Scharaffia.
La euforia amaina cuando Chacón anuncia una segunda pelea. Los espectadores se olvidan de los vencedores y los vencidos, se olvidan del dinero invertido en la pelea anterior, dejan en el anonimato la sangre que acaba de ser derramada, a ellos ya no les importa, su memoria está vacía y nuevamente sedienta de golpes.
Arturo llega hasta su lado y le tiende una toalla a Martín, Maira mira con desdén, sin entender su frialdad, sin entender cómo es posible que deje a su hermano luchar, cómo es posible que no sienta como ella cada uno de esos golpes que se le clavan al luchador. Y no le habla, lo desprecia, lo observa como un depredador, con los bolsillos atestados de dinero a costa de Martín, con una sonrisa grande e indisimulable. Arturo es un vencedor, Arturo ha vencido como ha vencido Scharaffia y todos aquellos que invirtieron su dinero correctamente, Arturo no levanta a su hermano del suelo, se levanta a sí mismo como si fuese el campeón. Hermanos Lebrún, vencedor y vencido, triunfador y perdedor, juntos bajo el mismo apellido.
Sin enunciar palabra alguna Arturo levanta a Martín del suelo, quien cede dócil ante la fuerza sostenedora de su hermano. Y se alejan del lugar, se olvidan del episodio, se olvidan de los golpes, de aquellas peleas ocultas e ilegales que se forman donde haya lugar y oportunidad. Llegan al auto y Arturo recuesta a Martín en el asiento trasero, le abre la puerta del copiloto a Maira, mas ésta lo mira con desprecio y se sube en el asiento trasero con Martín. Arturo maneja y el Volkswagen emprende rumbo.
*****

El menor de los Lebrún conduce con una sonrisa en el rostro, sin dar tregua, sin frenar o amainar la velocidad. Maira observa por la ventanilla el Santiago dormido, el que es completamente ignorante de los mundos ocultos, sucios y barbáricos que se esconden en el subsuelo. Mira a Martín que yace en su regazo con los ojos cerrados y lo acaricia, velando por su sueño, cuidando del perdedor.
El Volkswagen llega a su refugio habitual y de pronto son nuevamente ajenos a los mundos escondidos y a las luchas clandestinas. Están en casa. Arturo toma a Martín y lentamente lo entra en el edificio donde viven los dos hermanos, un departamento en el casco antiguo de Providencia, ahogado entre edificios modernos, húmedo, frío y oscuro, pero que finalmente es el hogar.
– Los dejo aquí, voy a buscar algo para sanar esas heridas, además necesito ir a cerrar unos negocios – anuncia Arturo indolente. Su amante lo ve partir, abandonando a su hermano a la suerte.
Maira se queda sola con Martín, escrutando aquellos ojos castaños que en sí esconden el misterio de la derrota, de la victoria, ¿qué sentiría Martín en este momento?, ¿qué habría significado la lucha para él?. La mujer del hermano revuelve la casa en busca de vendajes, toallas y algo de agua y alcohol para remover la sangre y para sanar las heridas que parecen bastante profundas. Martín no habla, Martín permanece en ese silencio que le es inmanente, ese silencio que se pega a su ser como la derrota misma.
– Odio verte luchar y aún más odio verte perder – afirma Maira mientras delicadamente pasa un paño con agua por las heridas del rostro. Él posa sus ojos en los de ella y Maira se estremece, Martín la estremece, su seguridad a pesar de la derrota, su orgullo contenido, su indomable serenidad, su invicta mirada imperturbable. Apenas si se queja, apenas si habla. Pero ríe, ríe como rió en el cuadrilátero, con aquella sonrisa baja, sarcástica, escondida y encubridora de un secreto que se niega aún a salir a la luz.
– ¿Por qué crees que pierdo? – habla con voz ronca, voz segura sin vacilación, mirando directamente a los ojos de Maira, poniéndola nerviosa, agitando su corazón y haciendo temblar sus manos.
Ella vacila, ¿qué responder sin ser ofensiva y sin parecer inexperta frente a aquel hombre que la intimida y le llama profundamente la atención?.
– Quizás porque falta entrenamiento, quizás algo de estrategia...
– No Maira - niega él rozando con sus dedos la cara de la mujer- no eso, sino mis motivos.
Ella pareció no entender, "¿por qué motivos crees que pierdo?" la pregunta carecía de sentido si no encontraba las respuestas que ella pensaba, ¿acaso existían motivos para perder?. Si silencio fue muestra de su ignorancia y dubitación.
– ¿Arturo nunca te ha contado cuál es nuestro negocio? – preguntó acariciando su cuello.
– Pensé que las apuestas de tus victorias... – respondió ella visiblemente perturbada por el contacto de aquél hombre enigmático e indescifrable que le producía profunda curiosidad.
Él rió una vez más, bajando su mirada, gozando con la ignorancia e inocencia de Maira.
– Y yo que pensé que ya estabas lo suficientemente grande como para creer en cuentos de hadas...
Maira una vez más no comprendió, ¿qué quería decir Martín?, ¿qué se escondía tras los hermanos Lebrún?.
– El mejor negocio no es ganar, sino perder. - afirmó Martín categóricamente una vez más clavándole los ojos castaños, desnudándola y dejándola sin defensa posible.
– No te entiendo – balbuceó insegura.
– No hay nada que entender preciosa. Jack arregla las peleas, nos pagan para perder y yo cumplo fielmente con mi papel.
Maira arrugó el ceño, ¿perder?, ¿qué negocio podía haber en perder?, ¿qué pago iba a ser proporcionado a los golpes, a la humillación a la derrota?. Tenía que haber un error, tenía que haber algún cabo suelto que diese sentido a la situación.
– No entiendo, ¡te dejas golpear por otros!, hay otros medios, no sé, más lícitos, menos violentos...
– Me gusta luchar, me hace sentir vivo.
– ¿También te hace sentirte vivo el arrodillarte frente al falso vencedor?.
– Maira – él pronuncia su nombre con autoridad, saboreando cada letra y degustando su reacción, la mira directo a los ojos – Yo soy el vencedor.
Una afirmación tan concluyente, tan segura, tan certera no puede ser rebatida, ¡pero es tan irracional!, ¿cómo podía ser posible vencer y ser vencido al mismo tiempo?, ¿como se podía ser perdedor y a la vez triunfador?.
No cuesta mucho vencer Maira... es cosa de entrenar, es cosa de enfurecerse con la contraparte y partirle de una vez esa cara fea y sudada que te produce náuseas. Ganar puede ser cosa de suerte, pero ganar en la derrota, es un placer insolente, arrogante, soberbio, porque sabes que has ganado tú sin importar qué crea la gente, y puedes reírte en su cara y ellos no se darán nunca por enterados y cuando quieras restregarles la verdad: ellos ni siquiera lo querrán ver. A la gente le gusta engañarse Maira, a la gente le gusta creer en los que suben los brazos con una sonrisa falsa y estúpidamente feliz, ¿sabías que muchos de esos con los que he perdido han comprado ellos mismos la victoria?, y los muy idiotas sonríen al público como si nada, los arengan, los excitan y los llevan a un falso orgasmo de violencia.
No hay nada más que entender preciosa, es acerca de reír, ver la cara de esos estúpidos ilusos que creen que han ganado, ver como brillan sus ojos; es acerca de la mentira, del desengaño... de la ironía. ¿Quién gana más en una lucha falsa?, ¿gana acaso el que levanta los brazos al cielo con una sonrisa estúpida y totalmente ignorante?, ¿o gana más el que escupe al suelo, con una sonrisa llena de poder, llena de conocimiento, llena de triunfo?.
La información era demasiada. Maira no entendía y ni siquiera quería o podía entender cómo ese ser tan complejo que era Martín era capaz de llevar la situación al extremo, de manejarla a su antojo y a su capricho, ¿cómo podía ser que un hombre controlara la realidad a su favor?, ¿cómo podía ser que los vencedores viviesen en un mundo infame de mentira e ignorancia sin siquiera llegar a sospechar nunca de la verdad?, el punto entre la realidad y la ficción tornaba en inexistente, la realidad la irealidad ya no importaba y ya ninguna parecía ser suficiente, ¿quién construye lo real, el demiurgo creador o el demiurgo humano que sabe controlar maquiavélicamente los hilos a su favor?
– Son unos malditos locos. ¡Estás loco!, Arturo está loco y yo estoy loca por siquiera haberme preocupado de ti.
La realidad se torna demasiado estúpida, demasiado ilógica, más oscura aún que el mundo gris que conoció en la arena de la lucha ilegal, más grotesca, más sucia. Maira se levanta dispuesta a irse, nunca comprendió a Martín y definitivamente nunca lo comprenderá, ese ser la hace estremecer ahora aún más. Saberlo vencedor y no vencido, saberlo creador y no conformista de realidades le da un poder que sobrepasa las barreras de normal. Martín no se compara a los idiotas que simplemente aceptan la realidad sin cuestionársela, Martín no es humano, Martín se compara a dios.
La mujer toma sus cosas, arrebatada y dolida por creer en una realidad que no es más que ficción, por confundir los mundos que chocan y se forman a la voluntad y antojo de quienes saben controlarlo. Mas Martín aún no ha concluido con su plan vencedor, Martín aún tiene mucho de lo cual reír, la toma de la cintura con sus fuertes brazos y la estrecha dejándole poco espacio a la respiración, los separa apenas un palmo de distancia. Maira tiembla, su corazón late fuerte y amenaza con romper su pecho excitado.
– Ese es nuestro negocio Maira, ganar. Perder. Ganar, qué más da, lo que importa es el triunfo y ese siempre se queda conmigo.
Martín está seguro, no vacila, no pierde, él es un vencedor, la derrota no existe en su mundo creado, en su mundo controlado por sus propias decisiones.
Y la estrecha, la besa como ella tantas veces imaginó. Baja sus manos seguras por su espalda, recorriendo aquél torso que ahora reclamaba como suyo. Recorre su cuerpo con besos, arrebatándole gemidos que le debieran estar vedados. Y le quita la pollera en la que su hermano había intentado introducirse tan sólo horas atrás, y ella no lo detiene como a Arturo, ella le permite el paso, demasiado extasiada como para siquiera odiar o razonar. Y entonces él le hace el amor, sin importar las heridas, sin importar la sangre y el sudor que se entremezclan con besos, quejidos y caricias, sin importar nada, porque al fin y al cabo él es un luchador y él decide qué batallas vencer.
Ninguna palabra estorba la relación de los amantes clandestinos, ningún vocablo los acompaña más. Se visten en silencio y ahora se desean tan sólo con la mirada, esperando la llegada de Arturo, del engañado, del perdedor.
Arturo no tarda demasiado en volver, en atravesar la puerta que sella otro secreto más en el departamento de los Lebrún. El apostador entra con fuerzas sin percatarse de la realidad, engañado, ignorante, ajeno a la situación creada y cristalizada momentos atrás.
De pronto Martín rió, dirigió su mirada hacia el suelo y una tenue carcajada, casi imperceptible escapó de sus labios rígidos. Maira entendió todo.
Lo sé, demasiado largo para puiblicarlo, pero eeeen fin, es mi diarioblog y puedo hacer lo que quiera, además, así tengo un registro del cuento antes de que se pierda en los confines de mi computador.

miércoles

Beso, Kiss, Bacio.

Necesito hacer una pequeña confesión de un crimen que soy absolutamente culpable: Amo los besos. Aclaración: amo la estética del beso. Cada vez que veo cualquier foto "besística" no puede resistirme y me la guardo en el computador para suspirar de vez en cuando. No me importa mucho el tipo: animado, apasionado, tierno, de amantes, bajo la lluvia, a la luz de la luna o del sol, clásica o irreverente... en cada beso se puede encontrar un momento encantador que es digno de descifrar y evocar.

¿Qué es lo que me llama tanto la atención?, no estoy muy segura pero me atrevería decir que es una enorme curiosidad. Un beso es un momento tan íntimo que siquiera posar la mirada en él parece ser un crimen, pero mi ojos se niegan a obedecer, se hipnotizan por aquella unión y mil preguntas me nublan la mente y hacen saltar mi corazón ¿qué hay detrás de aquél beso?, ¿qué historia se esconde tras la unión de esos labios?: ¿un amor oculto?, ¿una historia trágica?, ¿amor a primera vista o amor de toda una vida?...

Kuss, Kiss, Bacio, Beso. Todas estas palabras parecen vacías a la hora de describir algo que parece tener tintes mágicos: un roce de labios, un secreto compartido, un ataque de lujuria, un simple arranque emocional, un "te quiero" codificado... ¿Qué es un beso?, otro misterio que se puede descifrar sólo a través del acto de besar.

"En un beso, sabrás todo lo que he callado". P. Neruda.
"Por una mirada, un mundo; / por una sonrisa, un cielo; / por un beso... yo no sé / qué te diera por un beso" G.A. Bécquer.
"El más difícil no es el primer beso sino el último" Paul Gerardy.
"Un mundo nace cuando dos se besan" Octavio Paz.
"¿Beso? Un truco encantado para dejar de hablar cuando las palabras se tornan superfluas" Ingrid Bergman.
"Lo bueno de los años es que curan heridas, lo malo de los besos es que crean adicción". Joaquín Sabina.


Definitivamente no soy capaz de explicar esa irrefrenable necesidad que me surge cada vez que veo un beso. Quizás sea la expectación que me produce compartir (o más bien robar) un trozo de intimidad de dos personas que me son completamente extrañas, quizas es voyerismo, quizás es evocación, quizás sea que mi imaginación busca asidero en una historia que concluye en un beso observado a la distancia, quizás sean las ganas de ser besada, no lo sé, lo único de lo que estoy segura es que un cosquilleo se apodera de mis labios y obliga a mis ojos a detenerse en aquél momento único e irrepetible en que dos personas no son dos, sino una.