martes

14,2,10

Siete años, quizás ocho.
Siete u ocho años atrás hubiese dado mi vida por esta noche.
Siete u ocho años atrás invoqué tu nombre mil veces, te conocí sin conocerte, te besé en el vacío, te escribí cartas de las que sólo fue testigo el viento, desangré atardeceres evocando tus ojos en los que jamás soñé verme reflejada -sí, con las mismas palabras, así de cursi, ¡qué atroz!-.
En aquel entonces atesoré cada detalle que lograba arrancarle al mundo de ti. Aún guardo un par de fotos, un par de dibujos olvidados o robados, un par de miradas que seguramente diste al azar, un abrazo que me diste prácticamente sin querer. Algunos minutos del recreo en que sólo tú eras mi foco. Una rosa que seguramente te obligaron a cortar para mí.
Hace siete u ocho años juraba en nombre de cupido que estábamos destinados, que el universo de alguna forma se había confabulado para que estubiésemos juntos y que sólo era cosa de tiempo que tú supieras lo que yo ya sospechaba hace tiempo -vaya sí que era estúpida y soñadora a los quince años-.
Soñé alguna noche hace siete u ocho años que me estrechabas en tus brazos, que me acogías en tu pecho, que te besaba, que despertaba junto a ti.
Y ahora no sé si fue sueño. No sé si fue simple azar, alguna una cursilería del destino en el que juré dejar de creer o una simple jugada maestra de algún plan diseñado para llenar mi estómago de mariposas.
No sé, pero sigo con una sonrisa pegada en la cara.