sábado

a veces, llorar


Llorar a lágrima viva, Oliverio Girondo.

Llorar a lágrima viva, Llorar a chorros. Llorar la digestión. Llorar el sueño. Llorar ante las puertas y los puertos. Llorar de amabilidad y de amarillo.
Abrir las canillas, las compuertas del llanto. Empaparnos el alma, la camiseta. Inundar las veredas y los paseos, y salvarnos, a nado, de nuestro llanto.
Asistir a los cursos de antropología, llorando. Festejar los cumpleaños familiares, llorando. Atravesar el África, llorando. Llorar como un cacuy, como un cocodrilo... si es verdad que los cacuíes y los cocodrilos no dejan nunca de llorar.
Llorarlo todo, pero llorarlo bien. Llorarlo con la nariz, con las rodillas. Llorarlo por el ombligo, por la boca. Llorar de amor, de hastío, de alegría. Llorar de frac, de flato, de flacura. Llorar improvisando, de memoria.
Llorar todo el insomnio y todo el día.


Sí, exponer el corazón es más difícil de lo que creía.

domingo

Nunca te vi llorar

Nunca te vi llorar.
Ahora que lo pienso,
nunca.

¿Qué muralla levantaste
al final de la playa
para que la marea
jamás llegue
a la vereda?

¿Qué pobre ventaja conseguís
andando por la vida
torciéndoles los brazos a las hadas,
apretando los dientes?

Es cierto,
alguna vez dijiste
que un día
decidiste
que ya nada te haría daño.

Le deseo
a tu engaño
que
se
d
e
s
m
o
r
o
n
e
.
Pronto.

Pedro Aznar

Amores residuales

No quiero ser un amor residual que sirva de consuelo y recompensa.
Me niego a ser una más de una larga lista de entretenciones sin nombre ni perfume.
Me rehúso a levantarme de la cama a medianoche, soy de las que quieren despertar en la mañana enredada en las sábanas, las que se miran como amanecer.
No voy a ser presa fácil ni carnada utilizada en la soledad. No soy de las que se buscan para evadir el aburrimiento o de las que se buscan "porque sí".
No quiero ser -una vez más- un amor que luego se lance a la deriva.
A ti sería tan, tan, tan ridículamente fácil amarte, pero debes saber que aunque apenas si me pueda resistir a tu sonrisa destartalada, declino a ser simplemente tu amor residual.

* Concepto de "amor residual": a tientas, Mario Benedetti.

jueves

martes

culpable.

Admito que te pienso más de lo que debería. Admito que podría pensarte aún más si mi razón no fuera tan estricta con aquella máquina latiente que algunos dicen llamar corazón; pero también admito que debería ser más fuerte, que debería de una vez por todas completar el escape que contigo nunca pude terminar, que debería dejar de verte, de hablarte, de pensarte. Tú deberías ser simplemente un habitante del olvido, un ciudadano desterrado de la memoria, un reo de condena perpetua por culpa de haberme roto más veces el corazón que ninguno, aunque ni siquiera lo sospeches.
Sí, soy culpable de anclarte en el presente, culpable de tentativa de incendio de todos tus defectos, culpable enterrar todas las cosas malas bajo hojas cafés y frágiles, culpable de tu defensa permanente, de negar el daño, de olvidar la pena, las lágrimas acumuladas, las estafas de cariño, las demás.
Pero no te equivoques, no estoy ni cerca ahora de aquella palabra de cuatro letras que me niego siquiera a pronunciar .
Nunca más podría confiar en ti con los ojos cerrados, nunca podría confiar en mí estando contigo.
.
Tú eres uno de mis mayores crímenes inconclusos.
¿Y tú qué dices, crees que podría volver a compartir un café contigo si cuando me encierro en tus ojos tengo tanto que reprimir, tanto miedo de volver a caer?

domingo

Robert Dosineau




Dosineau tiene la culpa de querer enamorarme en París.

lunes

Yo debería tomarme la vida menos en serio.

Jugar más. Comer más helado. Leer más. Escribir más. Seguir mariposas. Pisar más hojas en invierno. Vestirme sin miedo a descombinar. Perdonar. Querer más. Dejarme querer. Amar. Construir más puentes, más castillos imaginarios. Cortar más jazmines y hacerme un corona. Caminar. Comprarme rosas sólo porque sí. Releer otra vez el principito. Reír más. Hablarte sin importar las consecuencias y cuestionarme qué pensarás. Escuchar más música. Conocer más músicos. Pintar al óleo. Subirme a la luna y quedarme dormida. Ver más amaneceres. Tomar jugo de frutilla. Comer lechugas. Plantar un magnolio en el patio de atrás. Estudiar menos. Sacarme peores notas. Pasar menos tiempo en biblioteca. Buscar mis trabajos de pre-kínder y reirme. Ver videos antiguos. Caminar descalza en el césped húmedo. Decirle a un par de tipos cuánto los quise. Desnudarme frente al espejo sin pudor. Bañarme en el mar con la luna de testigo. Conocer Isla de Pascua. Imaginar. Soñar. Vivir.

miércoles

Fue.

Fue lindo compartir uno de esos mínimos instantes eternos, que alguna vez me llamaras nena y que al pensar -a veces- en ti, pensara en "vos"; pero cariño, debes saber que disto mucho de la estupidez o de la lentitud en el juego de la coquetería.
Sé que tus ojos casi-verdes, tu manía clasificatoria, y esa (bella) costumbre de cerrar las frases con canciones no estaban reservadas a mí, que no son más que una técnica que utilizas con algunas de las fichas de tu expediente - ¡y vaya a saber cuántas fichas hay!-.
Te notifico que nuestro breve -brevísimo tirando a inexistente- romance fue sólo juego, pura coquetería, pura conquista, puro intercambio de palabras rimbombantes y sonoras con las que ambos intentamos derribar nuestros acorazados, romper las líneas enemigas, construir un puente sin que el otro se percatase, o peor aún, sin que el otro lo pudiese evitar. Fue pura técnica, pura habilidad, pura destreza y poco de -despechado o despachado- corazón.
Aunque, si quieres, te puedo reconocer que en algún momento pensé que podrías sucumbir mis bases, que podrías agrietar la coraza... vos sabés, yo también -a veces- me equivoco.