viernes

viernes por la noche.

Necesito un mapa ahora, una brújula, un reloj, cualquier cosa que me indique dónde ir.
Creo que nunca había estado tan perdida, tan desorientada.
Siempre tuve el norte claro, ahora no sé ni para dónde caminar. Siempre fui la de los planes, la de las listas y sus cheks, la que midió su vida en metros y métricas.
¿Y ahora? no sé dónde estoy, no sé a dónde voy y para ser franca.... me carga la sensación, frunce mi ceño, tensa mis manos y aprieta el estómago.
Maldita libertad sobrevalorada, ¿y qué hago ahora con el camino? ¿a dónde lo trazo?.
No es fácil esto de andar a la deriva, de flotar sin rumbo dando botes por la corriente, sin ser capaz de decidirse entre una orilla y la otra, entre avanzar o detenerse...
No soy así. No era así.
Nunca fui una aventurera, nunca fui de las que se lanza a volar, no sé guiarme por las entrellas y me marea el aire mientras caigo en picada.
No sé qué hacer.
Y la maldita pregunta recorre mis arterias y tiende a agolparse en mis muñecas y sienes.
Odio este periodo de mi vida, odié estos meses y si pudiera borrarlos lo haría sin vacilar.
No sé qué hacer. No sé dónde ir. Es viernes por la noche y el panorama más tentador es detener el reloj. Es viernes por la noche y nunca había deseado más 9mm más de peso en mi cabeza.